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Sonoma: un rincón para brindar

El valle donde nació la industria del vino en California es un espacio fértil y apacible, que combina la herencia española con el incomparable encanto de la costa oeste de Estados Unidos

Texto y fotos: Sandra Barral

Ubicado a menos de una hora de San Francisco en dirección al norte, el valle de Sonoma es un rincón bendito por un clima mediterráneo y un suelo generoso, que en conjunto favorecen la fertilidad de la región. Gracias a las montañas que lo protegen de la lluvia, la humedad y el frío que representa la influencia del océano Pacífico, y a los suaves vientos que acarician las siembras, esta zona del estado de California resulta una gran finca que produce de todo un poco -especialmente vino- para satisfacer al paladar.

Cuenta la leyenda que el nombre Sonoma se deriva de una palabra indígena que significaba “muchas lunas”. Los primeros pobladores se asentaron en el también conocido como Valle de la Luna, hace 12.000 años, vinieron de Asia a través del estrecho de Bering, atraídos por el buen suelo, el sol, el agua y todas las bondades naturales de la zona.

Muchos milenios después llegaron los españoles. El pueblo de Sonoma fue fundado en 1823 como el punto más norte y último de una cadena de 21 misiones franciscanas, que se establecieron a lo largo de toda California y que dibujaban el llamado Camino de los Españoles. Con la Misión San Francisco Solano nacieron los primeros viñedos, pero no fue hasta 1857 cuando Agoston Haraszthy, un inmigrante húngaro con buen ojo para la vinicultura, le dio vida a Buena Vista, la primera bodega de la región y que aún en operación se enorgullece de ser una reliquia. Muy pronto otros siguieron la iniciativa de Haraszthy, lo que se tradujo ?dos décadas más tarde- en una producción de más de 2.3 millones de galones al año.

Reconocida como el lugar donde nació la industria del vino californiana, Sonoma resistió los embates de la historia para florecer después de la segunda Guerra Mundial y convertirse incluso en un popular destino turístico. Primero, la fiebre el oro reorientó el flujo comercial hacia otras zonas, luego una epidemia atacó fuertemente las plantaciones y finalmente en las década de los 20, durante el pasado siglo, la prohibición obligó a la región a una suerte de hibernación; sin embargo, su esencia pudo imponerse. Hoy, miles de verdes hectáreas donde crecen más de 30 variedades de uvas son la mejor muestra de esa victoria.

UN PUEBLO CON HISTORIA

Tras diez años de la fundación de Sonoma, la Iglesia perdió el poder que allí ostentaba. Con el decreto de secularización proclamado por el nuevo e independiente gobierno de México, en 1834, la misión se transformó en un bullicioso pueblo mexicano de la mano del teniente Mariano Guadalupe Vallejo, quien llegara a convertirse más tarde en uno de los hombres más poderosos del entonces estado mexicano de Alta California. De esos tiempos sobreviven la hermosa plaza central -la más grande de California y monumento nacional- y edificios de adobe cuidadosamente preservados, entre los que destacan la propia misión, las barracas y la casa de Vallejo, entre otras estructuras históricas abiertas al público y que bien invitan a imaginar los días hace más de 150 años.

El papel que llegó a jugar esta pequeña población en la historia no deja de ser significante. Fue en Sonoma precisamente donde se fraguó la rebelión para reclamar la independencia de Alta California del gobierno de México y la que tuvo éxito en 1846. Entonces, fue también en Sonoma donde se izó la bandera del oso, concediéndosele así el honor de ser capital de la República de California por menos de un mes, antes de que el territorio pasara a ser parte de los Estados Unidos.

Con el tiempo, las guerras y revueltas abrieron paso a nuevas rutinas, que fueron mutando hasta darle a Sonoma una agenda completamente ligada a la tierra y sus frutos. Hoy, la región festeja su tradición agrícola con eventos que a lo largo del año entretienen a propios y ajenos. Algunas de estas actividades son reconocidas como las más grandes en su estilo en todos los Estados Unidos, como es la Feria de la Cosecha, que se celebra a finales de septiembre e incluye competencias en las que participan jueces internacionales y un panel de expertos. Degustaciones, jazz en vivo, seminarios sobre vino, show de mascotas o la oportunidad de comprar una gran variedad de productos locales, son algunas de las opciones que contemplan los eventos que mes a mes ocupan la agenda de Sonoma.

Pero más allá de los acontecimientos puntuales, quienes visiten este rincón cálido y sosegado, disfrutarán del placer que representa caminar alrededor de la plaza, entrar en una y otra tienda, darse un gusto en alguna de las panaderías artesanales o en las cases de té, comprar un recuerdo, una antigüedad, apreciar la propuesta de las galerías de arte, o simplemente dejarse seducir por pasillos que se abren para sorprender con alguna fuente, flores, o un rincón para degustar vinos locales. Desde luego, entrar a la Misión San Francisco Solano es deber histórico.

Alejada de los grandes centros comerciales y el bullicio urbano, con su atmósfera amigable y la magia de su personalidad californiana, Sonoma es la perfecta escapada. Un paseo de un día o quizás con estadía en alguno de los hoteles con spa será agradecido por cuerpo y alma.

¡SALUD!

Después de recorrer el pueblo, nada mejor que dejarse seducir por las exquisiteces locales. La mayoría de los vegetales y frutas que sirve los restaurantes de Sonoma crece a unos pocos kilómetros de sus mesas. Excelentes aceites provenientes de cercanos huertos de olivos, tomates, fresas, gran variedad de cítricos, frutos secos, hierbas y una buena selección de quesos forman parte de las delicias que podrán degustar los visitantes, quienes no perderán oportunidad de acompañar la comida con alguno de los fabulosos vinos de la región.

El valle de Sonoma alberga más de 5.000 hectáreas de viñedos y más de 80 bodegas. De las cuales 40 ó más han sido premiadas. Las hay de todos los tipos, desde las que la asemejan villas mediterráneas, pasando por aquellas con estilo californiano, hasta las que con sus jardines y arquitectura recuerdan castillos europeos. Y visitarlas resulta una experiencia fascinante, por no decir que es la razón primaria para acercarse a esta esquina del mundo.

Salpicadas por todo el valle, las bodegas de Sonoma abren sus puertas al público desde las 10:00 u 11:00 de la mañana hasta las 5:00 de la tarde. Todas ofrecen degustaciones, algunas de ellas tours guiados, área de picnic o tentadoras tiendas de regalos. Obligatoriamente hay que visitar más de una y pedir un Chardonay, la variedad líder de la zona, o un Cabernet Sauvignon, rey de los rojos.

Las bodegas están muy cerca del centro del pueblo; sin embargo, no existe transporte público para llegar a ellas, así que lo ideal es alquilar un vehículo o unirse a algún tour. Especialmente para los turistas que se hospedan en San Francisco se ofrecen paseos diarios que incluyen el traslado, visitas, almuerzo y cata por un precio que ronda los 130 dólares.

Algunas de las bodegas más reconocidas del valle son: Buena Vista, la más antigua de todas; Gloria Ferrer Caves & Vineyards, cuya ubicación en una montaña regala vistas fabulosas y cuenta con una acogedora terraza de la que no provoca irse; y Cline Cellars que alberga una fabulosa tienda de regalos y comida gourmet, así como el Museo de las Misiones de California, que exhibe hermosas réplicas en miniatura de todas las misiones de la región. Schug Carneros Estate, con su estilo arquitectónico alemán y Viansa Winery con su personalidad de villa Toscana, también cuentan con una privilegiada ubicación en la cima de suaves colinas, desde donde se disfruta el fabuloso paisaje de Sonoma.

Una vez allí, el visitante no debe dejar de preguntar acerca de los vinos. El personal de las bodegas es amigable y conocedor de la materia, por lo que la experiencia, ademáó de deliciosa, resultará enriquecedora. Al final, sólo hará falta alzar la copa y decir: ¡Salud!

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