miércoles, octubre 18, 2017
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Sobre las aguas del Támesis

Si quiere descubrir un rostro diferente de Londres, no dude en abordar un barco y lanzarse a la navegación plácida del río que atraviesa el corazón y varios de los más notables monumentos de la capital inglesa

Por Johan Ramírez – www.quiendijolejos.com

Contar Londres desde las calzadas de sus calles es absolutamente predecible: paseos que transcurren entre avenidas empedradas y farolas ostentosas que, más allá del talento de quien escriba -lo cual hará la lectura más o menos florida y en consecuencia más o menos agradable-, terminan siempre coincidiendo en los mismos monumentos: el Big Ben, Trafalgar Square, Picadilly Circus, Oxford Street, Convent Garden, la Abadía de Westminster y los autobuses rojos de dos pisos (llamados double-decker bus). Sin embargo, existen todavía otras formas de descubrir esta incomparable capital del Reino Unido. Una de ellas, por la que optamos en este viaje, corre parsimoniosa atravesando el corazón de la ciudad, sigilosa pero indetenible bajo la anchura de sus puentes, silente y a la vista de todos, prometedora, imponente, robadora de alientos: un recorrido en barco por el célebre cauce del río Támesis.

Todo comenzó bajo la imponencia del London Eye, esa rueda de 135 metros de altura y 120 de diámetro que hasta 2006 fuese la más grande de su tipo en el mundo. A sus pies estaba anclado el barco que habría de llevarnos a lo largo de este trayecto de hora y cuarto. Al abordarlo, una audioguía disponible en doce idiomas nos dio la bienvenida. Nos ubicamos junto a un largo ventanal que garantizaba vistas de excepción, pues en cubierta, donde habría sido ideal hacer el recorrido, era casi imposible sentarse dado el pésimo estado del tiempo, ráfagas violentas de vientos muy fríos, lluvias incesantes no menos heladas: nada que extrañara en estas latitudes.

Desde nuestra posición, incluso antes de soltar las amarras, ya divisábamos el Puente de Westminster y a un costado de este el imponente Parlamento, con su estilo neogótico y su torre inconfundible de puntualísimo reloj, uno de los cuatro edificios londinenses que han recibido la distinción de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco (1987).

Unos minutos después de poner en marcha los motores, atravesamos el Hungerford y Golden Jubilee Bridge, un puente cuyas estructuras originales datan de 1845, combinadas con otras más nuevas construidas entre finales del siglo pasado y principios de este, con el fin de celebrar el Jubileo de la Reina.

El siguiente encuentro fue con el Waterloo Bridge, bautizado así en honor a la victoria británica en la batalla de Waterloo, en 1815. Desde este lugar se aprecia una panorámica impecable de la ciudad en dos direcciones: hacia el oeste, el Southbank, el London Eye y la zona de Westminster; hacia el este, el vertiginoso centro financiero de Canary Wharf. Algunos barcos que hacen este mismo recorrido ofrecen, sujeto a itinerarios prestablecidos, la posibilidad de bajarse y volver a subir a bordo en cualquier momento, esto para quienes, han advertido un lugar imperdible, y prefieren detenerse para detallarlo antes que seguir adelante con la esperanza de regresar.

En un momento dado, la audioguía nos llena de tanta información que hasta resulta difícil asimilarla: a su izquierda el mundialmente conocido y ultra lujoso Hotel Savoy, y a un lado de este la única calle de Londres donde los autos corren, como en casi todo el resto del mundo, por el lado derecho; a su izquierda el edificio de correos, más adelante la columna, como una suerte de obelisco, que conmemora el sitio donde comenzara el nefasto incendio que consumiera casi toda la ciudad en 1666, y al frente el puente de Blackfriars donde en junio de 1982 amaneciera colgado el banquero italiano Roberto Calvi, presumiblemente víctima de alguna hipoteca ejecutada, un crédito negado, o simplemente un negocio de la mafia. En sus bolsillos se encontraron quince mil dólares en efectivo.

Pasando el Millennium Bridge se aprecia hacia la izquierda la cúpula apoteósica de la Catedral de San Pablo, un domo extraordinario que remite a la mismísima Basílica de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano. En su interior tuvo lugar la boda de Diana de Gales con el impopular Príncipe Carlos. La visita a la Catedral tiene un costo de 3 libras, salvo durante la celebración de servicios religiosos, momento en que el grueso de turistas aprovecha para entrar entre un puñado de falsas Avemarías, dándose golpes de pecho con una mano y tomando fotos con la otra.

Y así llegamos a la máxima atracción de esta ruta a través del Támesis. Con un cierto aire de castillo principesco, con dos torres altas como esas que solían guardar pólvora en el medioevo, y guayas pesadas que cuelgan a lado y lado para sostenerlo, como si se tratase más bien del Golden Gate de San Francisco, así se muestra esta sólida construcción que data de 1894, el único puente levadizo de la ciudad. Junto a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad y la Catedral de Notre Dame de París, el Tower Bridge es uno de los monumentos más fotografiados del mundo.

Intermitentemente, y muy a pesar del mal clima, era inevitable salir a cubierta para mirar desde esta inusual posición las maravillas londinenses. El barco oscilaba ligeramente sobre las aguas del Támesis, las mismas que fuesen navegadas desde hace una decena de siglos por los primeros pobladores de esta urbe repleta de historia, por donde arribaran los personajes que han hecho grande esta ciudad, pensadores, escritores, músicos, conquistadores, políticos y hombres de la guerra, las mismas aguas donde una impresionante caravana de más de mil embarcaciones celebró en 2012 el Jubileo de Diamante (seis décadas de reinado) de su majestad Isabel II, el desfile náutico más importante de los últimos 350 años.

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