miércoles, octubre 18, 2017
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Marrakech: Disfrutar las diferencias

Un contador de cuentos, un vendedor de naranjas, unos danzantes, un dentista, un mercader de lámparas, un escritor de cartas, un encantador de serpientes…una tarde cualquiera en la Plaza Djemaa el Fna

Por Lucas Monsalve

Hace pocos días me escapé a la ciudad roja de Marrakech, en un viaje sin planificación, ni mucho tiempo, ni dinero. He de reconocer que de ésta urbe marroquí solo conocía el nombre y vagamente su ubicación, pero su fama de destino turístico y un par de fotos exóticas fueron suficiente estímulo para abandonar por unos días el confort de Europa y adentrarme a un nuevo tercer mundo.

El resultado: Positivo. No puedo decir que fue amor a primera vista, pues a estas edades ese tipo de amores cuestan más, pero sí el decanto de su recuerdo cercano, y las conversaciones ya en “territorio seguro” con mis compañeros de viaje, han colocado a esta ciudad en el sitio de mis evocaciones más entrañables.

Marrakech es, como muchas ciudades de África y América latina, un lugar de fuertes contrastes, donde se mezclan la cultura originaria bereber, con la árabe y la influencia colonizadora europea, en este caso francesa. Con mucha gente pobre, demasiada. Su medina amurallada (casco antiguo de la ciudad) es un laberinto de estrechas y sucias calles que parecieran ir a ningún lado. De día se ven abarrotadas de personas, motos, bicicletas y carrosas haladas por burros, en un mercado inacabable; y de noche, son pasadizos oscuros habitados por sombras que parecen acechar.

La costumbre de buscar parecidos me hacía evocar los callejones más populosos del centro de Bogotá en mitad de la madrugada. La comparación traía consigo al miedo. Me di cuenta que los latinoamericanos asociamos a la pobreza, la oscuridad y la muchedumbre con el peligro. Sin embargo, en Marrakech, como en otros lugares del llamado tercer mundo, esto no siempre es así. Allí un turista o local puede andar por sus calles más humildes (en general) en estado de tranquilidad sobre sus objetos personales y su vida.

Sin entrar a valorar las razones de esa seguridad ciudadana (vinculada a un elemento cultural y a una feroz represión policial), la verdad es que el miedo que debíamos de llevar tatuado en nuestras miradas durante las primeras horas del viaje, se fue disipando poco a poco. Y este extraño confort, dio pronto paso al disfrute de un lugar estéticamente inhóspito y disímil.

Tuvimos la suerte de elegir alojarnos en un Riad en vez de en un común hotel. Los Riad son casas convencionales habilitadas como posadas turísticas y ubicadas en los callejones menos previsibles de la medina, entre casas de familias marroquís, mezquitas y zocos. Son pequeños paraísos. No importa el ruido que haya en la calle, ni lo abandonado que pueda estar su entorno, dentro uno se traslada a un mundo perfecto, de jardines internos flanqueados por salones con cojines, alfombras, inciensos, pequeñas albercas y terrazas de gran altura. Estar allí es entender el valor que la cultura árabe da a los espacios privados, a la intimidad del hogar, en contraste con la vida urbana.

No era mi primera experiencia en un país de influencia árabe, por lo cual tenía aprendidas algunas lecciones. Una de las más curiosas es la necesidad de regatear por todo, desde un taxi hasta una tetera. En Marruecos, casi todo tiene un precio relativo a lo que uno esté dispuesto, o no, a pagar por él. Para nuestra cultura esto pudiera parecer un timo, uno siente que todos te quieren robar y al final siempre resultas pagando más de lo que debes, cosa que en realidad cuando se es turista novato casi siempre resulta ser así.

Sin embargo, para ellos el regateo es un “arte”, o como poco un oficio honroso, en donde cada uno defiende sus intereses y el juego debe terminar con algún ganador o en el mejor de los casos en tablas. El asunto es que esta lucha resulta contagiosa y después de la tercera o cuarta batalla perdida uno llega a disfrutar del “triunfo” de sentir que ha podido rebajar un precio hasta en un sesenta por ciento menos, logrando ahorrar en el fondo solo unos pocos dírham. No obstante, pasados unos días en la ciudad donde todo se vende, se echan de menos los precios marcados a pie de las cosas, y uno, occidental al fin, se vuelve a dar por vencido.

Marruecos es un reino con una dinastía familiar de gran tradición. Su rey Mohamed VI es la máxima autoridad política, religiosa y militar. Su foto se encuentra exhibida en todos los edificios oficiales, mezquitas, negocios y casas. Su palacio real, en plena medina, es un gran oasis fortificado donde la opulencia y el poderío se evidencian desde lejos. La imagen recuerda a los tiempos medievales, en donde los mendigos se agrupaban al pie de los palacios en espera de algún favor de su señor. No deja de resultar extraña este tipo de relación vasalla en estos tiempos democráticos, y la llamada “Primavera Árabe” aún allí está por germinar.

Pese a ello lo mejor de Marrakech no está en sus palacios, sino en su zona más pública. La Plaza Djemaa el Fna, declarada por la UNESCO como patrimonio inmaterial de la humanidad, es el sitio perfecto para apreciar y no salir del asombro en un mismo lugar; los colores, olores, sabores, y sonidos que allí se viven nos hacen sentir que estamos definitivamente en un mundo distinto al nuestro. No pretendo con esto intentar explicarles lo que se siente estar allí, quiero invitarles algún día a ir. Nosotros ya lo hicimos y ¡créanme, nos va a ser difícil poderle olvidar!

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