miércoles, octubre 18, 2017
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Donde las paredes hablan

Más allá de las playas, el fútbol o el célebre carnaval, Río de Janeiro se distingue también por el carácter locuaz de sus muros urbanos, consecuencia directa, claro está, de la cultura del graffiti

Por Johan Ramírez – @quiendijolejos

Río de Janeiro es una ciudad que da la sólida impresión de ser inagotable. Se pueden dedicar días enteros a disfrutar bajo el sol de sus playas, o tardes frescas a recorrer sus monumentos -Pan de Azúcar, Cristo de Corcovado, Arcos da Lapa-. Se puede entregar uno a vivir la pasión por el fútbol -visitar el Maracaná es una experiencia casi religiosa-, o la afición por la Samba -hay una veintena de escuelas por toda la ciudad, coronada por el mítico Sambódromo-. No poco espacio se debe reservar en la agenda para sus museos, o para las noches elevadas de concierto en el Teatro Municipal, y ni hablar, en el otro lado del entretenimiento, de las veladas hasta el amanecer entre las “caipirinhas” de los bares del centro. Sin embargo, una de las visitas menos evidentes, aunque en todo momento esté resaltando en cualquier esquina, es caminar por Río siguiendo la pista de los muros que hablan: la ciudad de los graffitis.

Acá, como en pocas ciudades que conozca en el mundo, existe una cultura bien construida alrededor del graffiti. Es decir, urbes como México DF, Buenos Aires o Caracas cuentan con una larga docena de muros rayados, y entre ellos una que otra cosa que eventualmente valga la pena detenerse a mirar. Sin embargo, más allá de tales excepciones, en su conjunto aquello no deja de ser, simplemente, un montón de paredes sucias con consignas políticas, reivindicaciones sociales, denuncias espontáneas o vencidos eslóganes electorales.

En cambio, Río de Janeiro, esta maravilhosa metrópolis plantada a orillas del Atlántico, muestra coherencia en varios sentidos. Por un lado, uno casi podría decir, sin temor a generalizar, que por donde quiera que vaya siempre encontrará aunque sea un graffiti pintarrajeado en algún paredón. Esto habla de la expansión sostenida que ha tenido la materia en toda la mancha urbana: no se trata de un caso aislado.

Por otro lado, hay zonas que se han dedicado deliberada y legalmente a esta forma de expresión popular. Más aún, las autoridades han utilizado la práctica como bandera para recuperar áreas que antes estaban tomadas por la inseguridad o la indigencia: cierran las calles, invitan a grafiteros a pintar con absoluta libertad de creación, montan tarimas con Djs para ambientar con música la actividad, mientras patinadores y toda clase de tribus agregaban, cada cual a su manera y con su estilo, elementos para la transformación del lugar. El resultado es un puñado de calles y pasajes que han recobrado el sentido social con que fueron concebidas.

En tanto hay zonas que, sin autorización oficial del gobierno, han sido de igual forma “tomadas” por los tubos de pintura. Así, casi la totalidad del muro que corre por la costa de Ipanema, por ejemplo, está rayado con diseños dignos de alguna exposición de arte contemporáneo. Igualmente, buena parte de la playa Leblón repite el mismo molde. Se encuentra de todo allí, desde dibujos corrientes sin mucho qué ofrecer, hasta obras que demuestran el ingenio de un artista detrás de los trazos: es arte popular en todo caso.

El barrio de Botafogo es otro buen ejemplo, con varias manzanas llenas de paredes multicolores donde vale la pena pasearse como por una galería. Lo mismo ocurre entre las calles Jardim Botânico y Humaitá, justo bajo el elevado Humberto Vidal (queda muy cerca de la margen norte de la Lagoa Rodrigo de Freitas). Allí, entre unas cuantas paradas de autobús, cobran vida personajes y mensajes que obligan la pausa.

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El centro es especial, sobre todo hacia los lados de la Escadaria Selarón, donde ya casi no queda un centímetro de fachada libre en muchas de las casas de la zona, la mayoría de ellas convertidas en locales nocturnos de animadísimos fines de semana.

Lo más curioso de esta cultura urbana de Río de Janeiro, más allá de lo bien o mal hecho que sea el producto final, es que un alto porcentaje de los graffitis que se observan en las calles tienen una connotación, diría uno, casi filosófica, un mensaje que no ataca regímenes ni modelos políticos, sino que le habla al pensamiento del peatón, como si en el fondo no tuvieran aquellas obras otro deseo que convocar a la reflexión. En cambio, cuando uno se pasea por los graffitis de grandes metrópolis, desde las bohemias capitales europeas hasta sus pares del Nuevo Mundo, encuentra, con escasas excepciones, alusiones de respaldo u oposición a los gobiernos de turno, rechazo o apoyo a las decisiones del ejecutivo, denuncias de carácter ideológico, un sinfín de “¡Basta ya!”, o la trillada amenaza de “Hora 0”. Quizá por eso sean aquellos paredones tan poco atractivos en comparación con los que se exhiben en Río de Janeiro, más parecidos estos a lienzos al óleo que al vandalismo corriente. Tal vez lo anterior sea consecuencia, como decía un graffiti en pleno centro de la ciudad, de la demencia brasileña: “Esto demuestra que todos estamos locos -se leía-: aquí la gente calla y los muros hablan”.

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