lunes, noviembre 20, 2017
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Mujer bandera

Trascender al mundo entero, desde América Latina, es complejo. Más si se es mujer. Mucho más si detrás hay un origen humilde. Y mucho más difícil es, todavía, si todas estas características se aunaban, por ejemplo, en la primera mitad del siglo pasado, período en la que la artista multifacética Violeta Parra desarrolló la mayor parte de su trayectoria vital y artística.

Por Guillermo Pellegrino

Proveniente de una familiar rural y numerosa del centro de Chile, Violeta padeció la pobreza. La ausencia de la figura paterna obligó a la madre a trabajar en distintos oficios; y también a ella, que desde muy niña salió a cantar en los pueblos y hasta en los circos con su hermana Hilda para ganarse el pan. Ya a temprana edad mostró un gran amor por las ricas tradiciones de su tierra, sentimiento que la llevó a recorrer los campos de su país para recoger de los viejos las cuecas y las canciones “a lo humano” y “a lo divino” que conforman su rico folclore.

Nacida en octubre de 1917, hace cien años, la autora de Gracias a la vida fue quizás la mejor embajadora de la energía, el sentimiento y la capacidad creadora de la mujer latinoamericana, porque logró mostrar la envergadura que alcanzaron las herederas de Venus. En un continente donde la sombra del hombre aún intenta ocultarlas, ella incorporó a las mujeres en todos sus quehaceres, las mostró sin tapujos ni prebendas. Varias de estas, tal vez, sean las principales razones por las cuales Violeta Parra emocionaba y aún emociona al más desatento. “La única ventaja mía —aseguraba— es que gracias a la guitarra dejé de pelar papas. Porque yo no soy nadie. ¡Hay tantas mujeres como yo en cualquier comarca de Chile! Ellas pelan el ajo todo el día; la vida es muy difícil. Lo que pasa es que se han quedado cocinando y cuidando a sus hijos y a sus nietos y yo me he largado a cantar con lo que sé”.

A la distancia, temporal y física, Violeta habló sobre su comunión con la canción. “Nací en una región pobre, pero donde se canta mucho. Se canta siempre, para los nacimientos, para los matrimonios, para la muerte, para las cosechas, para la vendimia. Entre nosotros todo es canción. Si un campesino canta para manifestar su alegría por haber cultivado un melón más grande que los demás, otro le dirá que no es nada, que él ha visto uno del tamaño de una casa. Después, otro dirá que todavía no es nada, porque él ha visto uno tan grande como una iglesia. Después, como una montaña, como el mundo, como el universo”.

En un fragmento de Defensa de Violeta Parra, un bellísimo poema de su hermano Nicanor, pueden dimensionarse, de algún modo, las rosas y las espinas con las que se fue topando en su camino creador:

Jardinera

locera

costurera

bailarina del agua transparente

árbol lleno de pájaros cantores

Violeta Parra.

Has recorrido toda la comarca

desenterrando cántaros de greda

y liberando pájaros cautivos

entre las ramas.

Preocupada siempre de los otros

cuando no del sobrino

de la tía

cuándo vas a acordarte de ti misma

Violeta piadosa.

Tu dolor es un círculo infinito

que no comienza ni termina nunca

pero tú te sobrepones a todo

Viola admirable.

(…)

Poesía

pintura

agricultura

todo lo haces a las mil maravillas

sin el menor esfuerzo

como quien se bebe una copa de vino.

En esa época, las letras de la mayoría de los conjuntos o solistas del folclore chileno cantaban a la belleza del paisaje, a la hermosura de las mujeres, a la convivencia feliz de patrones e inquilinos. Pintaban un mundo color de rosa que no correspondía a la realidad del país. Violeta fue de las primeras en introducir canciones de corte social. No llama la atención, entonces, que algunas de sus declaraciones transitaran los mismos caminos: “La obligación de cada artista es la de poner su poder creador al servicio de los hombres. Ya está añejo el cantar a los arroyitos y las florcitas. Hoy la vida es más dura y el sufrimiento del pueblo no puede ser desatendido por el artista”.

Pero por más que escribió canciones y poemas por y para el pueblo, debió batallar siempre -más que nadie- para imponerlas y difundirlas. Así se topó, en varias ocasiones, con la indiferencia, la incomprensión y el destrato de autoridades del Estado y de otros niveles, las mismas que a posteriori se deshicieron en homenajes. Violeta sufría mucho por ello; pero, áspera y salvaje, no dejaba de enfrentarlos.

En otra parte de su Defensa de Violeta Parra, Nicanor definió muy bien su carácter y sus convicciones: “Pero los secretarios no te quieren/ y te cierran la puerta de su casa/ y te declaran una guerra a muerte,/ Viola doliente./ Porque tú no vistes de payaso/ porque tú no te compras ni te vendes/ porque hablas la lengua de la tierra/ Viola chilensis…/ ¡Porque tú los aclaras en el acto!/ Cómo van a quererte,/ me pregunto,/ cuando son unos tristes funcionarios/ grises como las piedras del desierto/ ¿no te parece?”. En otro pasaje define sin ambages otro rasgo de su personalidad: “Se te acusa de esto y de lo otro/ yo te conozco y digo quién eres/ un corderillo disfrazado de lobo”.

Pero en el papel que le cupiera, y en indistintas situaciones, esta diminuta mujer, de enorme corazón, se encargó de dejar enseñanzas, como en la siguiente anécdota que expone Pedro Aceituno, integrante del grupo Los Curacas: “La Peña de los Parra se había convertido en cierto momento en un lugar al que todo el mundo quería ir. Funcionaba jueves, viernes y sábado. Al tiempo, y a raíz de la gran concurrencia de público, empezaron a hacerse dos funciones, una a las 21 y otra a las 23. Generalmente había público para las dos funciones, pero en una ocasión en la que se estaba presentando Violeta en la Peña, al consultar su hijo Angel con el boletero sobre cuánta gente había para la segunda función y considerar que era muy poca, pretendió suspenderla. Ante lo cual Violeta, presente en ese momento, encaró a su hijo a gritos diciéndole que aunque hubiese una sola persona esperando para entrar, ese hombre o mujer merecía el respeto del artista popular y en consecuencia se actuaba igual… Ahí Angel recapacitó, y la segunda función se llevó a cabo”.

La Viola, como algunos la llamaban, fue una mujer de gran dignidad. Una mujer independiente que nunca dejó de estar marcada por la soledad, la que quizá la haya llevado, la tarde del 5 de febrero de 1967, a quitarse la vida. Pero como suele sucederle a la mayoría de los artistas auténticos, fue recién después de aquella trágica jornada que su obra comenzó realmente a ser tenida en cuenta y a adquirir trascendencia.

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